Tengo tatuado en la sangre
el no de Octavio Paz,
le negación perpetua
de mis letras, de mis amores
y anhelos. Tengo impedido
el ser pleno en esta vida,
el ganarme el pan
con el sudor de mis palabras,
tengo prohibido
ser escritor, aunque tenga el don.
Tengo océanos infinitos
de lágrimas adentro de mí,
una furia abrasiva y demente,
porque quedé loco y en un viaje
de trance a los infiernos.
Ese no que heredo
es el no de los secuaces y gansters
del tlatoani mexicano,
el no de sus fieles
gendarmes de lo estético y literario.
Lo inútil e infértil
de mis aprendizajes
comprueban lo innecesario
de mi existencia
en cualquier república literaria.
Otrora odio
hoy lo agradezco,
ese no de Paz,
que tomó el fusil
en la guerra de otros,
no en la nuestra,
porque renunció a su embajada
sin mancharse de sangre
de sus hermanos y hermanas,
porque no conoció
los dolores del vientre
que me engendró
a quien negó y negaría
todas las veces.
Ese no, ese tú no,
lo llevo aquí en mi sangre,
recordando siempre
que yo no, jamás, por nada,
por nadie, porque estoy loco,
porque soy un viajero de los infiernos
que ni siquiera mi muerte
concluirán. Soy ese no, tú no,
que ya ahora no duele ni lastima,
que solo es saber
lo imposible de mi realización.
No, yo no, estoy loco,
viajo a un punto sin límite ni frontera,
el trance no termina,
inextinguible es
el karma de mi desgracia,
esta fortuna perdida,
en mí, acaso un remedo
de la incomprensión.
Ese no lo llevo aquí cada segundo,
desde antes de nacer
hasta mi muerte. No, yo no.


