Cada recuerdo de todas las ciudades
destruye siempre el aliento de desear
los prados y las praderas donde vive
el único silencio posible: algo que no es ruido.
Pero a la sombra de los faroles, y de la luna,
contagia en mí el andar y el camino
de callejones y catedrales. Las puertas
son misterios encerrados, hoy que lo público
es privado y lo privado es publicidad.
Contrasentido acaso el haz luminoso de la luna
llena siempre hasta convertirme en el mismo
lunático una y otra vez hasta el hartazgo.
Después de todo, destruidas o no, las ciudades
alojan eso que desconocemos cuando ignoramos
la naturaleza humana: lo civilizado siempre tope
de todos los instintos prófugos de nuestros deseos.

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