Advertencias del don de escribir
esperaron su tiempo
para saturar todos los otoños
de hojas caídas con mi voz.
Por la cintura del lenguaje
donde una espiral de silencios
columpió el ceño de mis dichas
hojas vuelan en contrasentido
cada vez que me asecha
este instinto de traducir
mi silencio en figuras esbeltas
con nombres y cualidades.
Un mero escribiente de falsificadas verdades
simulación cuando encuentro
los atisbos inciertos
bajo la guía del furor inspirador
que me avasalla como una ola de mar
del pacífico mexicano.
Esparcir entonces lo indecible
y transformarme con el mutismo
que se escupe desde memorias y experiencias.
Escribiente, sí, un testimonio
fertilizado por lo inexplicable.
Un don, me dijeron, pero nada menos
que la necesidad de encontrar
un lugar en el universo
donde pueda ser con la totalidad
de la antigüedad de todos los soles.


