Cuan grandes
los niños con quien fui niño
son hoy, escritores, dramaturgas,
bailarinas, artistas, cineastas, físicos,
trabajadores e impecables
ciudadanos.
Cuan inmenso y abismal
el precio de mis libertinajes,
la tristeza honda y la decepción viva
de lo que he ganado.
Menos yo, cualquiera hubiese actuado
con algo de cordura, paciencia y fe.
Pero aunque se haya perdido,
igual que todo lo di,
todo lo doy y gano solo
un chirris del perdón
que mi Dios me concede.
Menos yo, lo imperdonable,
¿quien acaso vivirá con el estigma
de todas mis fechorías y rufiandades?
Después de todos los infiernos
habitados y circunvolucionados
dentro y fuera de mi existencia,
parece que nada queda,
salvo el recuerdo del sonido
de una ola de mar, como un vaivén
de olvido, como un silencio que arrulla
esta bendita desgracia, fiel compañera de años,
la única dureza que he conocido,
en mi desenfreno, mi voracidad y mi desprecio
por tratar de entender el mundo
y no entenderlo,
por ser imitador
y no alcanzar a ver la imitación escueta y baladí
que he hecho de los peores rasgos
de las mejores personas que me han permitido tratarles,
por pretender y no hacer,
por nombrar lo innombrable.
Menos yo, cualquiera hubiera decidido distinto,
pero es gracias a eso que hoy conozco
esta condena fastidiosa y rutinaria,
que me contó la imagen de Sísifo,
que me narró la soberbia y engreimiento de Narciso,
que me desveló la Medea que soy con quienes
ni mi sangre llevaron ni llevaran,
por no ser suficiente hombre.
Menos yo, cualquiera hubiera conocido
otra alternativa que la de la destructividad.
Menos yo, aunque el cielo sea azul,
nadie más sabe que el infierno no es oscuro,
resplandece con el fuego,
pero los guerreros provenimos del Valhala,
no de los cielos. Una montaña y una estrella,
me seguirán asombrando hasta el fin de mi existencia.


