Toda la voracidad de mi locura
descargó en Japón el cielo y la tierra.
Cuando conseguí
en el asombro
cabalgar la estirpe de mi genealogía
el sueño fue más real
que deambular por Tokio.
Pude ver los canales
apreciar la belleza de sus mujeres
pero sobre todo captar
la inmensa serenidad de su naturaleza.
Pude ver al cuervo volar y graznar
en las ciudades, pude entrar completo
en lo que cifró mi locura
una comprensión como de algo interiorizado
mucho tiempo atrás, pero distinto,
como el agua fluyendo,
como el monte Fuji,
como el sol naciente, cada día, cada vez,
siempre nuevo, siempre aquí.


