Nadie me salvó
Nadie me salvará
No tengo remedio
No supe dar y recibir
No supe pedir
No supe consistir
No supe amar y ser amado.
Todo quise de afuera
Descuidé adentro.
Todo quise del mundo
De las mujeres
de su belleza y sensualidad.
Nada obtuve.
Todo fue un parasitar
infinito, un despojarme,
un extraviarme constante.
Todo de afuera fue vacío
vértigo, psicosis, decepción.
¿Entonces qué hago hoy,
que nadie me acompaña,
que no valgo mi respiración,
ni mi sangre ni mi luz ni mi sonrisa?
subo a la montaña, con provisiones,
voy a ver a Dios y hablar con él.
Subo dispuesto a subir al cielo
donde se engendran las estrellas.
Voy arriba, subo, con todo este peso de años
y eternidades, subo con toda esta desgracia,
lo único que me queda en vida y en muerte.
Asciendo, me elevo, porque llevo viandas,
porque Dios quiere conversar conmigo.
Voy a la montaña, voy a alcanzar la cima,
donde las nubes se disipan
para que la luna llena, después de 244 lunas
pensando y deseando lo imposible,
finalmente me perdone. Será un festejo
no de muerte, como todos estos años,
no de ausencia, como todos estos años,
no de dolor, pesadumbre y miseria, como todos estos años,
sino de elevación, de perdón, de gratitud,
para mí, para Dios, para la vida que me resta.


