Náufragos en el ruido
de la vida —intimidades
quebradas— nos esconde
una espiga turbia y sin sentido.
Languidecemos en el rigor
cruento de las miserias
conocidas, que nos arrullan
entre cristalinas sangres derramadas.
Nada puro queda —caos en laberinto—
para salir a lo eterno
de instantes que rompen
siempre el axioma de la felicidad.
Desproporcionados nuestros alientos
evaden las aristas de la realidad
porque no soportamos el dolor
de haber quebrantado
los mandatos de la vida y de Dios.
Encontramos una viga de silencio
que nos cruza con su forma
de entropía, ruido y mezquindad
para abrirnos siempre a un zurco
turbio y estancado como pudriendo
nuestros adentros y nuestra superficie
lentamente, perseverantemente,
cuya tenacidad estriba en descomponer
siempre hacia la muerte vil y criminal
que nos aguarda lamiéndose los bigotes.