Fui del mundo
un andariego.
Del amor un ladrón
como del silencio
un guerrero.
Fui silencio y ruido
en el amar sin sentido.
Todo pretendí,
nada conquisté.
Fui un galán y coqueto,
inquieto y pispireto,
sin fronteras ni barreras,
pero nada logré, nada fue cierto.
Ni hombres, mujeres, animales o plantas
logré amar verdaderamente.
Nada fue cierto, fue solo vacío.
Nadie fue quien me diera descendencia,
nadie fue quien me amara incondicionalmente,
nadie fue quien me arropará cuando más era necesario.
Fui solo una fluctuación constante
de un cuerpo a otro,
de una vida a otra,
de un destino a otro,
que no eran destinos de amar.
Por eso hoy, me declaro derrotado,
fin de la historia, fin de la conquista,
que nada logré, nada logro,
nada lograré, porque mi amor no es cierto,
es una fábula que me construí
para no aprender realmente a amar.
Hoy encamino mi luz para ti,
Diosa del firmamento, para que me enseñes
por un momento, que amar no es poseer,
ni desear, ni conquistar, ni profanar, ni comprender,
que amar es algo sagrado y no un furor desalmado.
Hoy mi luz es para ti, para que un día mi firmeza
sea la de un roble que soporte
este dolor inmenso de no tener descendencia,
ni casa, ni familia, de ser el fruto podrido
de dos ramas familiares que jamás creyeron
que en su follaje abría un pretendiente
un mero despojo de sus aprendizajes.
Mi luz para ti, Diosa inmortal de la luz,
mi vocación, mis actos, mi vida,
que no valgo mi sangre, mi luz y mi aliento,
salvo para volverme un roble
y soportar todas las tempestades,
dolores y tristezas de no saber amar.


