Minotaur in Labyrinth, Roman mosaic at Conímbriga, Portugal.
Arte de Romulaizer Pardo
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Las estructuras sociales están constituidas por múltiples factores que inciden en su formación, identidad, clasificación y funcionalidad. Los hechos del hommo politucus aristotélico, el ser gregario por naturaleza, parecen hoy quedar diluidos por las formas cosmovisonales postmodernas: individualismo exacerbado, anything goes, filosofía YOLO, la tentación cumplida después de todas las orgías socioculturales habidas y por haber en el dispositivo xerox de la existencia. Copias y copias, pastiches y pastiches, relanzamientos y relanzamientos, dessubjetivación hípersubjetivante. El arte constituye en principio todo un conjunto de normas y prácticas, definidas como τέχνη (techné) por los griegos, que desde Platón la establecen igualmente en la areté constructiva y formativa del ciudadano griego, el hombre político, el ciudadano de la polis. Dado el ímpetu tecnología, para aquellos que hablan de tecnocultura, resulta pleonásmico ad absurdum contrastar arte y tecnología, pues al fin de cuentas, la sustancia radical que las separa, el proceso científico de los siglos XV al XIX, no hizo más que imponer una diferencia de grado y de hecho, que se perdió en el transcurso del devenir civilizatorio. Es decir, el arte es técnica, pero la tecnología es híper técnica, más asociada a la certidumbre científica química, industrial, mecánica, al rigor de control de las fuerzas naturales y su potenciación. Pero el arte es τέχνη, o sea, origen de lo tecnológico. En cambio, la cultura, el cultivo, es el control de la naturaleza para la supervivencia. El culto se distingue del salvaje, el primitivo o el rústico, precisamente ahí donde su ser ha sido transformado por la acción del arte, de la areté desenvuelta y aplicada como paideia. Por eso decían los romanos cultos que un hombre era rico si tenía libros y podía cultivar su jardín. Hoy algo que no es más que un relato bucólico e idílico frente al avorasamiento de la Inteligencia Artificial. Inteligencia humana perdida, mediante, lo humano ha sido permutado y desplazado con fines productivistas. Por eso, la tecnocultura representa el pleanosmo que deriva en un silencio como el de Promteo, para los griegos, el robo de la luz, del fuego, a las divinidades. Porque entrelzar lo tecnológico con lo cultural a partir de un ethos actual anula las formulaciones diacrónicas de las funciones sociológicas e instituidas tanto de la cultura como de la tecnología: no meros ocios verbales, informáticos o datísticos, sino en sí, guarecerse de una tormenta, curar una fractura de femur, preparar la tierra para la cosecha, eficientar la administración tributaria mediante cómputo y escritura, inclusive alzar la voz para hablar con los Dioses. Por eso el poeta, ese mito-poeta expulsado de la república por Platón, es el vínculo con los arcanos chamánicos de otros tiempos históricos, que en el ethos racionalizado antisofista no tiene cabida. Es el ratio dominum que exige contrarrestar la palabrería y eficientarla, con fines productivistas. El paso que va del mito a la poesía a la filosofía, pasa también por la historia y lo empíricamente verificable, o al menos, por el imperio del logos.

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Arte, cultura y civilización son un trinomio inestable pero confirmado por todas partes del globo. No habría civilización sin centros urbanos, no habría cultura sin seres humanos, no habría arte sin especialización técnica. Lo que va de la palabra a la razón después alcanza el pragmitismo y la praxis transformadora. Por eso, los grados tecnológicos inician con el verbo, que alcanza a los Dioses, luego alcanzan las medidas y los límites, las fronteras del saber, que pasan por la razón, para fincarse por último en el actuar ya limitante e ilimitado en expansión. No es un mero filosofema utilitarista lo que se alcanza con la praxis o la transformación del mundo por los actos, es en sí, también, la modificación sustancial del entorno ecológico, que en lo civilizatorio nos condujo a aquellas primeras ciudades, sistemas agrícolas y teocráticos, al punto donde la historia, nace.

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