Cargo el cadaver de Cristo en mi interior
de nombre Quetzalcoatl en mi sangre
en mí no resucitó ni alcanzó su trono
ni su reino existe o existirá o ha existido.
No busco tierra santa ni lugar sagrado
para sepultarle con más de dos mil años muerto.
No expele putrefacción ni santidad
este cuerpo perforado y humillado en mí.
Más bien es una cruz de luz amarilla
que refulgente asoma entre mis ojos y pensamientos.
No me aterra ni me repulsa
pues su calor y su paz me regocijan.
Busco donde enterrar a Cristo
siglo tras siglo
pero no hay lugar aquí donde yazca su dolor
que me revienta y consagra a purgarme
con agua, aire, tierra y fuego.
Quizás no encuentre su sepulcro
en mi vida y existencia,
quizás solo deba cargar este cuerpo suyo
cómo mi sangre carga
ser maldita
ser mal hecha
ser mal nacida
hasta mal morir
por última vez,
únicamente aquí
donde nadie resucita
ni la vida vale vivirse
cuando los asesinos de Cristo
siguen entre nosotros.

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