No esperábamos al hombre de barbas
ni su conocimiento y cultura.
No buscábamos que Nanahuatzin
nos tocará ni nos escondiera
en las regiones limítrofes de la miseria.
Era el sol y la luz de la serpiente emplumada
el canto de los dioses que atesorábamos
contra el signo simbólico de doradas labores
orfebres, contra los palacios de las sagradas plumas
del Quetzal, de los vuelos mágicos, al son de guerra,
de Huitzi y las cabezas erguidas del águila y el nopal.
No en cambio las cruces y los espejos,
los cascabeles, las espadas, los pliegos de papel
y la oliva, los libros y la magia blanca del alfabeto.
No eras tú, nombre de barbas y metales,
güero de cacicazgos gallegos, asturianos, castellanos,
extremeños, zamoranos, andaluces
el mensaje que esperábamos… pero fueron ustedes
el mensaje, la dominación y la derrota interminablemente
eterna, atroz y despiadada contra los hijos del sol
en este ombligo de la luna que no deja de llorar
toda la sangre de sus hijas y sus muertos.