Irreversibles conteos
entretejen las esquirlas
de la memoria quebrazón.
Atisbar silencios
inexistencia
contra el cobijo
del ruido enfermizo:
brutal golpiza
inhumanitaria
dentro, fuera, cerca, lejos
desde el inhumanismo
rampante, civilizado y patologizante.
Antes de decirlo
ya fue barbarie y ofensa
antes del hurto de las vidas
hoy día, de los muertos,
hoy día, de los instantes
y las inocencias quebradas
hoy día, ya fue todo lo que debía ser.
Candidatura falaz
de lo feliz y lo radiante
estos escombros
que abren rutas y caminos
para andarse en un instante
hacia el río de las almas
salpicado dentro nuestro
contra el vaivén indemne
de la paz inalcanzable.
Fugitiva y tenaz fe
de amar y encontrar
amor donde menos lo buscamos
cuando menos lo buscamos
por lo qué y para lo qué menos lo buscamos
como servilleta usada
en la comilona capitalista de la existencia.
Ecocidio siempre matándonos
atómico y ambiental
derruir las fauces cristalinas
de la sangre derramada
en las lentejuelas brillantísimas
de todos los billones múltiples de dólares.
Blancura convertida en opaca negrura
de los seres, siempre ahí, enfermando,
educando para matar y no defender la vida,
educando para destruir y no proclamar
el amor, la gracia otrora trofeo
de los héroes que hoy no existen
como no existirá más el caudal de los buenos momentos.
Una vez más ¿qué será del sobreviviente,
qué de la mujer madre abandonada, qué del niño
angustiado por el miedo en el trauma constante,
persistente y ansioso de la inocencia quebrada
con violencia, violentamente rotura
no amar, no santificar, no venerar, vida alguna,
cosa alguna, que el fetiche mercantil?
¿Dónde los alientos cabalgarán
otra vez si todo es un humo que rompe
contaminante la circuncidada luz
para tornarse oscuro manto siempre armado,
siempre en guerra, siempre asesino
del otro por el otro? Y no existió
comprensión alguna
entendimiento posible,
armonía, regocijo, dicha, plenitud
salvo de los ejércitos, del militarismo
imparable —el verbal, el monetario,
el sexual, el científico, el artístico, todos los
ejércitos hábidos y por haber en este inhóspito
recinto de plásticos, concretos y cables—.
Porque creer haber alcanzado algo
no es pecado sino alcanzarlo y hacerlo
constancia del pecar, del quebrantar,
del instinto no ya animal sino animalizado,
no ya inhumano bárbaro salvaje
sino siempre, ante todo, civilizado.
Nadie, nada, salvará las distancias
y los cuerpos, nadie ni nada
será la única luz que existe
y la farsa de la energía que vemos como luz
pero no lo es, como el sol, como las estrellas.
Nadie, nada, ninguna potencia o entidad
podrá resguardarnos de esta locura aterradora
demente y desquiciada que nos confronta y nos enfrenta
a lo inexistente que le da soporte
lo nuevo que no es nuevo
lo viejo que no se renueva
lo muerto que no es morir con dignidad
sino en las eternidades terrenales de un instante.

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