La historia de la lengua (sprachegechischte) y los nexos nominales, toponímicos, genealógicos, patronómicos entre otras formas de nombrar propiamente a personas, lugares y estirpes cuenta en sí misma como un enjambre de elementos sistematizados en el tiempo, el espacio y las generaciones. La condición actual de reinterpretar, revisitar, resignificar o buscar, en una palabra, renombrar es un acto necesario, simple e historizante, trasgeneracional y con obviedad no novedoso. Lo innovado no necesariamente es por ser nuevo algo ‘propicio’, ‘favorable’, ‘adecuado’ o ‘justo’ a elementos realistas o referenciales que en sus atribuciones semánticas signen y cifren aquello que nombran .
Sin duda, aunque parezca una especie de heroicidad la particularidad de lo ‘re’ semantizado no estriba por sí misma en aquello que busca dotar de una dimensión ‘disociada’ de sus particularismos históricos previos, sea ya bajo síntesis dialéctica, bajo síntesis especulativa, bajo síntesis ontológica o bajo síntesis metafísica. No hay, en cambio, que desacreditar en sí todo ‘re’ nombrar.
Los nombres en tanto entidades lingüísticas-culturales sostienen en función de sus interacciones étnicas sus propiedades, muchas veces habiendo una falsa idea de purismo cultural o de asimilación total, mientras que los calcos, los hurtos, los disfraces, los cognados y falsos cognados, la interacciones sociolingüísticas, en fin, construyen muchas veces simbiosis sintéticas donde se averigua escasamente el elemento cultural prístino. La certeza, en cambio, como fundamento científico es igualmente estipulada, sin falla, por las evidencias empíricas o por los cruces informativos, datísticos o testimoniales y de registros. Sin embargo, nombrar como universal cultural pierde su utilidad cuando se circunscribe en sí como facultad psicolingüística, para adquirir su riqueza, potencia y factibilidad en las formas concretas en las que se realiza dentro de determinado grupo.
Al decir que los nombres no son los nombres me refiero con certeza al típico mito bíblico de la Torre de Babel donde no hay comprensión posible pero, asimismo, a la inabarcabilidad comprensiva de la totalidad de fenómenos lingüísticos en nuestra etnópolis global. Es decir, por ejemplo, que México, dicho con j o con x, varía su significado histórico, lingüístico y cultural, para designar realidades diferenciales, tal como el vocablo América lo hace en función de una realidad territorial, política, administrativa, nacional o continental. En sí, la neologización nominal no es un defecto, pero en su historicidad y su factualidad puede muy bien enmascarar formas discrimintorias, ambigüedades, elusiones o incluso elementos xenófobos bajo la lógica colonial civilizatoria o el principio bélico del dominio, con la consabida anulación, del otro.
En esta reflexión, escueta y quizá poco fiable, lo importante no es otra cosa que movilizar la dinámica histórico semántica que puede atribuir a los nombres su raíz histórica significativa en el proceso de significación fenoménica del acto lingüístico y su potencia realzativa, pragmática y performativa. De esa manera, la lógica dialéctica negativa del nombrar que no es en sí mismo su propio ente, puede permitirnos observar entonces las formas diferenciales que en su ontología lingüística histórica esconde el objeto nominal. Por ello, los nombres no son los nombres, al mismo tiempo que sí lo son, en tanto dispositivos cuya variación significativa representa en sí, la mayoría de las veces, datos, informaciones o hechos que no son visibles o accesibles a la investigación, cuyo decurso y devenir puede ocasionalmente ser revelado, no bajo el principio de exhaustividad cognitiva original, pero sí en sus variaciones temporales, espaciales, sociales y pragmáticas.
El curso-taller Lectograma ahonda en una perspectiva educativa de concientización lingüística para profundizar en este tipo de realidades y aprendizajes.


